Bocetos mentales de Salvador Dalí

El genial pintor surrealista Salvador Dalí quizás debió a sus traumas infantiles la megalomanía que le llevó a triunfar como un artista único.

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El surrealismo soy yo», así respondía Salvador Dalí a la exclusión de su obra de una exposición surrealista, acusado de ser simpatizante del franquismo. Y no se podía esperar menos de una personalidad acaso demasiado peculiar.

Algunos hablan de un narcicismo exacerbado, con tintes de megalomanía; otros apuestan por un trastorno bipolar, y se sabe con certeza que para el final de su vida, el genial artista sufrió de párkinson, sin embargo, su figura sigue generando especulaciones desafiantes para la ciencia y el mundo del arte por igual.

Las pistas para un retrato, o al menos algún boceto de la mente de Dalí, se siguen buscando  en esas áreas de vida que suelen afectar a cualquier ser humano: su familia, sus pérdidas, sus pasiones, sus amores…

Una familia de tragedia griega

Una familia de matices trágicos, así suelen definir los comentaristas de su vida el ambiente familiar del genio artístico.

La figura más señalada del conjunto es una y otra vez  un padre hiperexigente y autoritario, que le demanda a su hijo nada menos que remplazar al hermano muerto nueve meses antes de su nacimiento y llamado también Salvador.

Tanto biógrafos como el realizador Ventura Pons, en su película Miss Dalí, y el supercitado libro de memorias de su hermana Anna María Dalí, se refieren a un trauma infantil de Salvador generadas por las figuras del padre y del hermano muerto a los dos años por una gripe mal curada.

Sustituir en el afecto paterno al pequeño fallecido convertiría al pequeño Dalí en un niño siempre dispuesto a luchar por la atención, pero asumiendo la identidad fraterna con una certeza espantosa.

En sus propias palabras, Dalí demostraría ya de adulto los efectos de esa confusión en su autoconcepción: “Decían que nos parecíamos como dos gotas de agua, pero dábamos reflejos diferentes… Mi hermano era probablemente una primera visión de mí mismo, pero según una concepción demasiado absoluta”.

La comparación constante, e incluso la aseveración de su padre de que Dalí era la reencarnación del primer Salvador, fueron sin dudas clave para influenciar la formación de un pequeño egocéntrico, necesitado de aprobación y reconocimiento constantes, y con una irracional obsesión por la inmortalidad.

A un contexto como este, se unió pronto otro factor que sería tanto cauce de sus mejores virtudes como un camino de altibajos emocionales: la genialidad plástica.

Para los doce o trece años, toda la familia Dalí sabía que el niño poseía un don artístico. A las exigencias paternas de cambio de identidad, la madre sumaría las de la depuración artística no con menos ahínco.

En sus memorias, Anna María Dalí cuenta, “No hacía como el resto de los chicos, él no tenía vacaciones. Mi madre vio rápidamente que Salvador tenía un don y le ayudó a trabarlo”.

Para sus catorce años, el adolescente exponía carboncillos junto a los artistas locales de su provincia y se abandonaba a las inquietudes creativas durante horas.

Dos años más tarde editaría junto a sus amigos una revista que incluía pinturas y artículos sobre los paradigmas plásticos que había elegido, Goya, Da Vinci, Velázquez…

Pero otro huracán emocional llegaría a su vida a los dieciséis: la muerte de la madre debido a un cáncer uterino. A partir de entonces, las tensiones entre Dalí y su padre solo irían en aumento, y únicamente la hermana asumiría el rol familiar para el artista.

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El método paranoico-crítico

Dali Atomicus | Philippe Halsman

Sumido en la vorágine que sería para él la Academia de Artes, Dalí conoció a algunos de los más descollantes personajes artísticos de su generación: el poeta Federico García Lorca, su primer amante; Luis Buñuel, con quien escribiría el guión de importantes filmes, entre otros.

Su figura se granjeó rápidamente la aceptación del naciente grupo de surrealistas, que, influenciados por los aportes del sicoanálisis y los cambios sociales del siglo XX y la posmodernidad, intentaban crear lo nunca visto en el área de las artes plásticas y supuestamente  utilizar la información subconsciente en el proceso creativo.

Por estos años juveniles, Dalí ideó el llamado método crítico paranoico, que defendía la idea de que la asociación de imágenes y colores de la paranoia era en realidad un modo de observación del arte superior al tradicional estilo crítico.

Pero estas aportaciones no solo revelaban ideas artísticas avanzadas. Según describe su hermana, en el citado libro, Dalí cambió tanto de conducta al asumir una vida desenfrenada y su gusto por los “destellos del subconciente” que el éxito mundial fue visto por su familia como una maldición.

De esta época datan tanto sus excéntricas actuaciones públicas, tan aplaudidas en Nueva York, como las exploraciones más geniales de su obra.

La persistencia de la memoria, acaso su cuadro más famoso; su visita a Estados Unidos y sus performances en las calles de ese país, con extraños atuendos sacados de la imaginación más libre, fueron admirados por la élite cultural norteamericana.

Las anécdotas más descabelladas, como su episodio de asfixia en medio de una conferencia por querer usar un casco de buzo para dictar la clase magistral, son hechos de este período de excesos y florecimientos artísticos con altos precios en el plano relacional y de emociones.

Un amor codependiente

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Salvador Dalí y su musa, Gala | Yvonne Esperanza en Flickr

Pero de todos estos factores que movían la vida emocional y mental de Dalí, acaso el más conocido y comentado sea su extraña relación amorosa con su musa, una emigrante rusa que él bautizó como Gala.

Gala fue su única esposa hasta la muerte del artista, y se le considera la figura que alejó definitivamente a Dalí de su hermana y su padre, tras constantes disputas familiares sobre una supuesta simpatía del artista hacia el fascismo.

Pero más allá de su explícito amor hacia ella, muchos han considerado que Dalí sostuvo una relación codependiente y hasta de apariencias.

Gala había sido la esposa del poeta Paul Elouard, uno de los amigos del ámbito artístico del pintor, y Dalí quedó prendado de su actitud para admirar sus obras, según relatan sus biógrafos.

No es extraño que con su afán por ganar la inmortalidad y ser reconocido, Gala se convirtiera en una verdadera necesidad para el artista. Algunos comentaristas la consideran una especie de segunda madre para Dalí.

Al final de su relación, las apariciones públicas de ambos revelaban que la esposa nunca asumió un compromiso sexual exclusivo con el artista, sin embargo, eso no pareció afectar el amor de Dalí, que mandó a construir una tumba en la que ambos pudieran entrelazar sus manos más allá de la muerte.

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Tras el fallecimiento de Gala, en 1982, Dalí inició una etapa depresiva en que incluso la creación no parecía motivarle. Un estudio de la Universidad de Liverpool de 2016 reveló que para este período incluso perdió parte de su estilo, debido a los síntomas de la enfermedad y a los bajones emocionales.

Moriría en 1989, sin el brillo y la excentricidad que fueron parte de su etapa de auge, alejado de su hermana y sin perdonar nunca a su padre muerto. Legaba una obra surrealista no solo en la pintura, sino además en el cine, las letras, y en la sensibilidad de millones de personas en todo el mundo.

Se cuenta que en su único y anhelado encuentro con Sigmund Freud, el gran sicoanalista había comentado de él “es un fanático”. Sin embargo, cuando se miran de cerca los bocetos de su vida, Dalí parece quedar en la memoria no como el gigantesco pintor obsesionado con lo distinto y la inmortalidad, sino como un niño asustado que no sabe a ciencia cierta quién es.

Los misterios de su vida familiar y emocional parecen haber sido por igual una puerta a su narcisismo y a su desbordante búsqueda por dejar una marca eterna en sus lienzos.

Nunca sabremos a ciencia cierta si Dalí era megalómano, narcisista, o simplemente actuaba un papel para sus admiradores. Ni sabremos a qué precio el pintor lo logró, pero eso sí, ¡qué marca tan indeleble logró ese pincel alocado!

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